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jueves, 13 de mayo de 2010

EL NACIMIENTO DE LA INSPIRACIÓN

¿A qué viene la noche si no es a buscar pájaros? Aguardamos impacientes durante el día para poder divisarlos y, cuando por fin aparecen, en mitad de la noche despejada, sintiéndonos bendecidos observamos excitados su revoloteo. Instintivamente tratamos de atraparlos moviendo los brazos, pero no nos damos cuenta de que todavía están lejos y que nuestras manos son demasiado lentas y burdas para cobijarlos. Entonces, empleando la razón, buscamos crear el entorno que consiga que no se vayan, que permanezcan para siempre a nuestro lado. Y construimos grandes jaulas de oro en las que intentamos que los pájaros entren atraídos por el brillo del metal. Pero ellos siguen muy arriba, en el amplio cielo. La incertidumbre entonces se apodera de nosotros. ¿Realmente es a mí a quien han venido a encontrar? ¿Sabré corresponder su compañía? . Nos preguntamos si será suficiente sólo con observarlos para retenerlos y, finalmente, llegamos a plantearnos si acaso esa visión es real o sólo un ideal. Sea lo que sea, seguimos intentándolo y comenzamos a observar cada detalle para plasmarlo lo más fielmente posible en el lienzo de lo imperecedero. Pero, antes de poder hacerlo, nos vemos sorprendidos por el sueño, tan propiamente humano. Intentamos vencer el cansancio, no cerrar los ojos, y mantener eternamente su presencia. Pero los párpados van ganando peso, poco a poco, hasta que finalmente consiguen someter a la voluntad, que tan férrea parecía. Con el último rastro divisado intentamos mantener en nuestra mente a nuestros pájaros. Y tal vez soñamos con ellos. Y los podemos ver con tanta claridad que sentimos que, cuando abramos los ojos, por fin los vamos a poder tocar. Pero, cuando apunta el alba y da pie al nuevo día, el cielo desocupado nos anuncia lo efímero de nuestro sueño. Nuestros pájaros ya no están con nosotros. Ni rastro de ellos. Tal vez cierto esbozo de una figura en el papel. Una sombra. Aún así, no desistimos y aguardamos ansiosos durante el día a la llegada de la noche, que a qué viene si no es a buscar pájaros. ¿Realmente los queremos atrapar?

lunes, 26 de abril de 2010

El origen de los huracanes

¿Tú lo has sentido también verdad? Si... sabes de lo que hablo, sabes como todo el aire entra de golpe y con miedo en los pulmones, como se aferra, no escapa, tiene miedo de salir y no ser nadie, de no alimentarte con su cuerpo de frío invisible, de hojas bailarinas… Sin ti seria una brisa incomprendida más, un viento quizás, se perdería sin rumbo y sin destino, sin una razón de ser. Invisible entre tantos otros invisibles, átomo a átomo, silbaría melancólico peinando los robles, secando lagrimas. Sin tu respirar, sin esa autómata acción egoísta, que coge igual que suelta, que da como quita, él no habría sido él, sino otro cualquiera. En la calidez del pulmón todo parece teñido de rosa y añil, sonríe con la seriedad con la que de niño se juega, nada puede vencerle. Todo lo que sucede son instantes aislados por su maravillosidad, como fotogramas de una gran obra mutilada, a cual más valioso. Y pasan momentos que al le parecen años, y llora y ríe y brilla y canta. ¿Cuánto podría aguantar la respiración ella? ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que despreciara su olor a lágrima de sauce y a tierra mojada? No quería saberlo, y al final de cada instante se negaba a si mismo que aquello tuviese un final que no pudiera ser feliz. Pero como en todo acto egoísta, se debe volver a respirar, al fin de cuentas lo que cuenta es sobrevivir, y fue deportado de aquel mundo que parecía hecho sólo para él. Una exhalación y todo era ya tan lejano, volvía al viejo mundo un poco más viejo y bastante más vacío. Su melodía silbaba más melancólica entre el roble, peinó suave tantas melenas buscando una sola… ese olor que llena los ojos y cierra los parpados, ¿Cuántas veces habría vuelto a respirar ya? ¿A cuantos hizo únicos? Desesperado, comenzó a ser visible, a elevarse y a correr sobre las cabezas, olvidó las melenas y los olores y todo ya le importaba como a aquel que no era más que un todo. Empezó a voltear sobre sí, a buscarse a si mismo, todo lo que quería era querer, y sin embargo ahora giraba sin más como hizo siempre, pero como no había hecho nunca. Y ahora que al fin le veían todos le huían. Otros como él llegaron, porque como dicen a perro flaco todo se le vuelven pulgas, y pocos se atreven a dejar de respirar. Giraban en una vorágine de locura, y de gritos y de llanto y de olvido. Como un bucle uno a uno se deshicieron en el dolor de otro, se convirtieron en un todo dentro de un todo, destruyéndose en su sed de sin sentido, hasta finalmente desaparecer en el recuerdo de la calidez añil de tu pulmón.